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Bienvenidos al taller del perdón. Masterclass de Preámbulo 1. Los Pensamientos: el puente.


(ESTA CLASE CON LA PSICÓLOGA ÁNGELES HERNÁNDEZ, ES DE NUESTRO CURSO DE INTELIGENCIA EMOCIONAL. Si deseas saber cuándo inicia en 2026, puedes consultarnos).

La naturaleza automática de las emociones

Daniel Goleman plantea que las emociones constituyen reacciones automáticas e innatas que emergen frente a diversas circunstancias. Estas respuestas son rápidas, espontáneas y, en muchos casos, difíciles de controlar en el instante en que surgen. 

Lejos de considerarse inadecuadas, estas manifestaciones deben entenderse como parte inherente de la experiencia humana. Por ello, no resulta extraño que, en distintos momentos de la vida, la gestión y regulación emocional representen un desafío significativo.

Las emociones básicas: una guía funcional

Las emociones consideradas básicas —según teorías como la de Paul Ekman— comprenden la alegría, la tristeza, el miedo, el enojo, la sorpresa y el asco.

Aunque existen múltiples enfoques que amplían esta clasificación (algunos sostienen la existencia de más de 180 emociones diferenciadas), este marco será el adoptado en la presente exposición.

Cada una de estas emociones puede observarse con claridad en situaciones cotidianas, por ejemplo:

Alegría

: al recibir una buena noticia.

Miedo

: al cruzar una calle y enfrentarse repentinamente a un peligro.

Tristeza

: al perder a una persona o cosa significativa.

Asco

: al percibir un olor desagradable, por ejemplo, de un alimento en mal estado.

Estas respuestas emocionales cumplen funciones adaptativas vitales: protegen, defienden, permiten establecer vínculos sociales y ayudan a procesar pérdidas. En este sentido, permitir la vivencia emocional, sin suprimirla, constituye un acto de inteligencia emocional y de cuidado personal.

Pensamientos: el puente interpretativo de la experiencia emocional.

Los pensamientos pueden definirse en parte como interpretaciones o juicios sobre lo que se experimenta. Se configuran a partir de la perspectiva individual y constituyen, en cierta forma, la narrativa que se construye alrededor de lo que se siente.


Ante un mismo evento —por ejemplo, que una persona no devuelva el saludo en la calle— las emociones y pensamientos pueden variar significativamente. Una persona puede experimentar tristeza, otra enojo, y otra más, indiferencia.

Asimismo, los pensamientos que acompañan esta experiencia pueden ser: "Está molesto conmigo" o "Probablemente no me vio". Esta diferencia cognitiva influye de manera directa sobre la intensidad emocional.

En consecuencia, los pensamientos negativos tienden a amplificar las emociones displacenteras, mientras que aquellos más racionales o compasivos ayudan en la gestion y regulación emocional.

Aunque la aparición de una emoción no puede evitarse, sí es posible cuestionar los pensamientos que la acompañan y transformarlos en herramientas de autorregulación.

Las acciones: el espacio evidente de los comportamientos.

Ya exploradas las emociones y los pensamientos, es necesario considerar un tercer componente fundamental: la acción. Esta representa la respuesta externa observable, es decir, lo que se hace o dice como resultado de lo sentido y pensado. En psicología es descrita como la conducta.


Por ejemplo, ante una emoción como el enojo, un pensamiento asociado podría ser: "Esto no es justo". La acción resultante podría variar entre gritar, enviar un mensaje agresivo, o bien, respirar profundamente y expresar el malestar de forma serena. En este punto, reside el mayor margen de control personal.


El pensamiento cumple aquí un papel crucial como puente entre la emoción y la acción. Aun cuando no se pueda controlar la aparición de una emoción, sí es posible detenerse, reflexionar y elegir una respuesta consciente. Este ejercicio de pausa y análisis puede transformar una reacción impulsiva en una conducta deliberada.

Reflexión final: de la reacción emocional, a la conciencia pensada.

Se invita, entonces, a realizar un ejercicio introspectivo:

Recuerda una situación reciente que haya generado enojo y examina los pensamientos asociados.

¿Estos pensamientos intensificaron la emoción o ayudaron a atenuarla? ¿Hubo una reacción impulsiva? Y en caso afirmativo, ¿qué recurso o estrategia habría permitido actuar de una manera distinta?

Estas preguntas no sólo promueven la conciencia emocional, sino que también abren la posibilidad de construir un repertorio de respuestas más adaptativas, empáticas y saludables.

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